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80 x 120 cm, framed: 83 x 123 cm
Mixed Media
En esta pintura quise capturar lo que no tiene fecha ni nombre: el nacimiento del movimiento mismo, el instante sagrado donde la vida comienza a fluir. Un jarrón se convierte en fuente infinita, vertiendo agua como si derramara el alma del universo. La mesa se transforma en paisaje, el mantel en río, y el río en océano. Las olas se arremolinan bajo columnas talladas, como si el arte mismo sostuviera el mundo. A su alrededor, flores frescas brotan sin temor al paso del tiempo—porque aquí, el tiempo se ha detenido para dejar al espectador respirar la belleza del presente. Y en medio de todo, el cisne. Blanco, sereno, perfecto. Símbolo de la pureza que sobrevive al caos, de la gracia que se mantiene intacta incluso cuando todo a su alrededor cambia. El cisne navega las aguas como el alma atraviesa la existencia: sin prisa, sin ruido, con profunda sabiduría. Al fondo, un árbol florece sobre una isla solitaria. Es el árbol del comienzo, el que recuerda que incluso lo más delicado puede enraizarse en lo imposible. Origen de la calma no representa una escena, sino una sensación. Es un suspiro detenido en el tiempo, una invitación a contemplar cómo todo nace, fluye y se transforma… sin dejar nunca de ser hermoso.
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